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Costa Rica

Febrero 2020

Día 1. San José – Playa Conchal (Guanacaste)

Después de un viaje con escala en Bogotá que se movió como una coctelera, llegamos a San José a las 7.am. El aeropuerto era sencillo pero moderno y nada más empezar los trámites en migraciones, te dabas cuenta de la increíble amabilidad de los ticos, como se les dice a los costarricenses. El señor que nos acomodaba en la fila nos decía “pasen a la línea que más les guste”, “con confianza”, “siéntanse cómodos”, “con gusto”, que viniendo de Buenos Aires, no captábamos si nos estaban tomando el pelo o si realmente eran así de puros anfitriones.

Adobe, la rentadora de autos que habíamos contratado, no tenía una oficina adentro del aeropuerto, pero nos estaban esperando para llevarnos en un micro. Mientras esperábamos a otros pasajeros, le preguntamos al pibe dónde podíamos conseguir un chip para el teléfono. “Pregunten a Panchito” dijo, “él tiene para vender”. Pero nosotros no queríamos comprarle nada a Panchito porque no sabíamos de dónde había sacado los chips, así que preferimos preguntar en la oficina de alquiler.

El empleado de Adobe (si, ya sé que el nombre da para desconfiar) nos atendió de maravillas, nos dio muchos consejos y un mapa para ubicarnos. Nos recomendó que fuéramos a Walmart a comprar los chips porque estaba al toque del aeropuerto. Que todo se podía pagar en dólares y que no hacía falta cambiar, pero que sólo te devolvían en colones para lo cual nos proporcionó un rango de precios del cambio del día para que no nos cagaran (1 dólar = 550 a 570 colones).  Los peajes también se podían pagar en dólares siempre que fueran billetes menores de 20. 

Era una fija que cada vez que preguntábamos algo o a modo de despedida te dijeran “pura vida”, especialmente los que trabajaban en turismo.

Ya que estábamos en Walmart, compramos algunas cosas para merendar y almorzar. Con Lu probamos una frutita amarilla chiquita llamada uchuva que no nos gustó nada. Por consejo y buena onda de uno de los empleados de la frutería, que nos abrió una y nos dejó probar, compramos granadillas (de la familia del maracuyá pero mucho más dulce) y cargados de cervezas, Smirnoff Ice (mi perdición), galletas, quesos, yogures, granola y frutas varias como cocos, bananas, ananá y paltas, emprendimos el viaje hacia el Pacífico.

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El Waze nos marcaba para 240km un tiempo de 4.30 horas de viaje. Pensamos que se estaba equivocando, lo corroboramos en Google maps, pero siempre era el mismo tiempo de viaje. De todas maneras no teníamos opción. Eran las 10 de la mañana y hasta ese momento, habíamos pensado que a las 12.30 estaríamos tomando sol en el hotel. Pero no. 

Los caminos en Costa Rica son un temón. Había muy pocas autopistas y casi todas las rutas discurrían entre curvas, montañas, vegetación y todo lo hermoso que uno se pudiera imaginar durante las dos primeras horas de viaje. Las últimas dos, cuando ya nos habíamos comido varios camiones cargados con caña de azúcar, nafta, pollos, tractores y autos que te trancaban el paso porque no les daba el motor para pasar a otros, o por las tremendas subidas, te querías pegar un tiro (o dos). Era una ruta de una sola mano, con muy pocos tramos sin curvas, llena de pesos pesados en ambas manos que marcaban el ritmo de los que estábamos atrás. La velocidad límite era de 80, en otras de 60 y otras de 40.

A los costados había muchos puestos de gente que vendía fruta, principalmente piña (Costa Rica es el principal exportador), mango, melón y sandía. Nos divertíamos con los carteles publicitarios que decían:

“Funeraria Alberto. Venga a conocer nuestro nuevo local”

“Sanatorio Providencia: cuidamos cuerpo, mente y billetera”.

 

Hicimos 270km hasta llegar al W en playa Conchal, después de 5 horas en auto a las que se le sumaban las 10 de avión de la noche anterior. Unos días después nos explicaron que para ir en auto a las playas de Guanacaste la mejor opción era agarrar la autopista PanAmerican Highway (famosa en todo el mundo por atravesar 15 países) de San José a Liberia. A no imaginar que se trataba de una super autopista, simplemente era un poco mejor que las otras, carente de atractivos paisajísticos, pero más rápida. 

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El hotel era hermoso. Después de un trago de bienvenida, que podíamos aceptar tranquilamente porque en Costa Rica el agua era potable en todo el país, nos dieron las llaves de nuestra habitación. Era puro ventanal, con vista a la selva y a un cachito de mar (de esos que en Booking te ponen “vista parcial”), y hasta la ducha era toda vidriada con acceso visual a la vegetación. Dejamos las valijas tiradas, nos pusimos las mallas y nos fuimos a la playa a sacarnos el pegote tedioso del viaje interminable. Para llegar se podía ir caminando unas 4/5 cuadras por un sendero entre enormes hojas tropicales o  pedir que te lleven desde la recepción en un carrito de golf.

Era una maravilla, el agua turquesa, tibia, transparente y casi sin olas, la arena blanca y fina, prácticamente sin gente. Nos metimos en el mar un rato largo y caminamos hasta una de las puntas de la Bahía de Conchal. La entrada al agua en la zona del hotel era más abrupta, y al toque tenías el nivel por la cintura, en cambio en otras zonas de la misma bahía iba bajando de a poco. La playa estaba coronada por montañas y árboles con flores rosadas sin hojas (presumo que eran magnolias) , que la especie sabiamente no sacaba cuando florecía porque era época de sequía y tenía que guardar energía. 

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Día 2. Playa Conchal, Guanacaste.

Como eran 3 horas menos que en Buenos Aires, a las 6am estábamos muy despiertos. El día pintaba hermoso y nos auguraba puro disfrute. 

Teníamos el desayuno buffet incluido, al que teníamos que dedicarle un tiempo prudencial porque era todo muy bueno y variado. El primer día, como pasa con todo lo que es “sírvase usted mismo”, llenabas el plato como si no hubiera mañana, pero los días siguientes estuvimos más moderados. No sólo nosotros estábamos contentos con el desayuno: los cuervos y las urracas con copete azul venían a afanar comida descaradamente de los platos de los comensales. Nos fuimos directo a la playa, reservando previamente nuestras reposeras con sombrilla en la pile y reclamando otras tres reposeras para la playa. La diferencia era que en esta última no ponían sombrillas y para mí eso era fundamental.

No había forma de que la gente nos hablara en español. El 70% del turismo que recibían era norteamericano, el 20% europeo (había muchos franceses y alemanes) y el resto nosotros, los hispanoparlantes de América. Pero sería por nuestros colores de pelo, de ojos, o ese queseyo…viste?, que aunque les decíamos que hablábamos español, a los 3 minutos nos contestaban en inglés.

 

Después de un rato en el agua, nos fuimos a caminar por la playa. Hacia un lado se llamaba Puerto Viejo, desde donde se podía acceder a la bahía sin estar hospedado, y hacia el otro era propiamente Conchal, que tenía el agua transparente y sin olas, pero donde la arena era más difícil que pisar los Lego descalzo, porque eran todos caracoles partidos de tamaño considerable. Desde esa zona, se podía acceder atravesando un caminito a otra playa generosa llamada Brasilito. Esa Bahía era mucho más amplia y larga, con arena oscura. Sólo unos pocos metros y la geografía cambiaba drásticamente. La marea estaba baja, y de la arena oscura emergían los caracoles espiralados que empecé a juntar desaforada para llevarle un regalo a los nietos. La playa estaba casi desierta, era muy ancha y la arena dura invitaba a caminar. Llegando a unas rocas, se veía una playa al otro lado, así que decidimos seguir investigando. Caminamos 7 kilómetros que fueron recompensados en placer y en kilos por un almuerzo de plátanos con guacamole, patacones de cangrejo (unas tortillitas tipo buñuelo) y ensalada de sandía con verdes y nueces. 

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En la playa había una competencia feroz entre las minas que ofrecían masajes, que obviamente no eran del hotel.  El día anterior ya se había acercado una señora a decirnos que ella era buenísima, que también hacía un poco de reflexología y que si queríamos masajes, ella era la única independiente y la “más mejor”. La hora salía 20 dólares. Esa tarde también se le había acercado a Lu otra piba ofreciendo sus servicios y la vieja la sacó cagando diciendo que nosotras ya éramos de ella. La mina era un espectáculo, porque cuando no tenía gente se tiraba boca abajo en la camilla y se dormía todo, y al rato se despertaba y empezaba a los gritos “masash, masash”. Lu me dijo que no quería con ella porque le daba un poquito de miedo y creo que tenía razón porque a juzgar por sus actos demoníacos con sus compañeras, el masash podía terminar en catástrofe.

A las 5 de la tarde y  aprovechando que la vieja ya no estaba, fuimos a decirles a las masajistas jóvenes que queríamos probar sus servicios. De esos pequeños lujos que una se da en las vacaciones. La capanga de las pibas nos dio turno a las 6 de la tarde para hacernos las dos juntas. Nos acostamos en unas camillas que tenían preparadas en medio de los árboles, entre el hotel y la playa.

A las 6.15 ya se hizo de noche y escuchamos el primer aullido. “Qué es eso?” le pregunté a una de las pibas. “Son los gorilas”, me contestó. Mierda, estábamos en Ruanda y yo no me había dado cuenta. El masaje no fue muy bueno, especialmente el de Lu, porque la mina le agarraba los brazos y las piernas y se las giraba en el aire como si fuera la sortija de una calesita. Por suerte tenía la cabeza para abajo y no podía ver que le agarraban ataques de risa si no me hubiera tentado mal. Lo más lindo fue estar a esa hora ahí, escuchando el mar, los monos y viendo la luna y las estrellas entre las copas de los árboles. Volvimos caminando para ver si nos topábamos con algún mono en el camino, pero ellos tenían horarios donde iban a comer los frutos y estaban más activos. Después no los veías ni en figurita. Habíamos reservado para cenar en el restaurante Latitud 10 Norte, llamado así porque estábamos en la misma latitud que Tailandia, así que era comida fusión costarricense-thai. Pedimos camarones orchata, pato y risotto de cebada. Todo buenísimo.

Día 3. Playa Conchal, Guanacaste

Esta vez en el desayuno apareció un personaje al que le habían puesto nombre. Carlitos (ellos pronuncian la r como en inglés, o como los que tienen el frenillo corto) era un coatí que aparecía casi todas las mañanas para pedir alguna fruta. Nos habían dicho que no le diéramos de comer, pero unos huéspedes le tiraron un par de cubos de sandía que lo llenaron de felicidad. Los pájaros, colgados de las sogas que sostenían las lámparas, aprovechaban cada oportunidad para afanarse los sobres de azúcar o edulcorante y salir volando.

Fuimos un rato a la playa pero decidimos ir a conocer una nueva que nos habían recomendado y que quedaba pasando unas rocas altas. Caminamos hacia el lado de Puerto Viejo por la orilla del mar y vimos pasar rasante a una raya a sólo un metro de nosotros. Era increíble pero la misma bahía en esa parte no era tan linda. La arena se oscurecía un poco y estaba más llena de gente por tener acceso con auto y estacionamiento. Además era sábado y la gente aparecía con decenas de niños, heladeras, música, inflables, sillas… Le preguntamos al cuidador cómo llegar a la playa Minas y nos indicó un camino bordeando la montaña: “unos 10 minutos”. Lo que no nos dijo era que el camino estaba hecho pelota y lleno de piedras, que no había sombra y que esos 4 km eran en subida. Todo bien. En esas calles de tierra muy roja vimos un grupo de monos descansando en un árbol (durmiendo la mona, cuac). Era el mediodía y hacía muchísimo calor. Lo que más queríamos era llegar y meternos al agua, pero parecía que no lo conseguiríamos nunca, hasta que por fin empezamos a escuchar el ruido del mar. 

En esa playa, como en casi todas las que eran más turísticas, el parqueo del auto te lo cobraban 2000 colones por día. Minas era una bahía muy linda, de arena clara rodeada de rocas y vegetación, parecida a Conchal pero con arena un poquito más oscura y en al agua más lodosa. Decidimos alejarnos un poco de la gente y antes de llegar a la punta, donde las rocas tenían un color rojizo casi perfecto, Martín se tiró al agua mientras Lu y yo seguíamos caminando por la orilla. De repente vimos algo que se movía en la arena. Era una culebra venenosa de la que ya nos habían alertado. Uno de los chicos del hotel nos había contado que hacía unos días habían invadido la playa Brasilito. Mientras miraba cómo se retorcía la víbora de panza amarilla, lo veía a Martín muy contento adentro del agua. Entre gritos y señas a las que él respondía saludando como si fuera una reina recién coronada andando en el carruaje, logramos que saliera y en ese momento decidí que era mejor meterme en la playa del hotel más que en esas encantadoras aguas con serpientes. Estas víboras eran sumamente venenosas (después buscamos en Google), pero una chica que también estaba en la orilla y vio nuestra cara de espanto nos tranquilizó diciendo que no nos preocupásemos porque tenían la boca muy chiquita para morder a un humano y que si uno no las molestaba ellas seguían nadando hacia otro destino. Menos mal, ahora sí que estaba tranquila. Para poder soportar los 4 km de regreso al hotel, fue imperioso darnos un chapuzón, pero era mejor donde estaba toda la gente nadando para que las víboras tuvieran más opciones.

 

A mitad de camino, le hice dedo (rai, en tico) a una chata que paró para que subiéramos. Eran unos yankies que iban para el otro lado pero nos acercaron bastante. Desandamos el camino hasta el hotel, nos quedamos entre la pile y el mar. En el hotel había un Dj que pasaba música muy buena tipo chillout  con un flaco que tocaba la trompeta al ritmo de salsa, merengue, rumba y jazz. Momento mágico. Después de un rato de fiaca, salimos a caminar otra vez para Brasilito. La escena era increíble con decenas de personas que caminaban en dirección a Conchal para pasar el día. Algunos pibes con carritos cargados de sillas y sombrillas para alquilar, otros con cocos, otros con jugos, familias numerosas. Parecía un éxodo. La playa estaba repleta de gente, vendedores ambulantes ofreciendo piña colada, granizados, heladeros tocando las campanillas. Esa playa estaba buenísima para estar de lunes a jueves. A la caminata de los 7 km por Brasilito se le sumaron los 8 que habíamos hecho hasta playa Minas. Volví desesperada de cansancio. Disfrutamos del atardecer viendo a los pelícanos cayendo en picada para procurar sus presas.

Día 4. Playa Conchal- Playa Panamá

Después del desayuno y la caminata de rutina hacia Brasilito, con una remojada obligada donde se formaban unas piletas increíbles de agua transparente entre las rocas, nos quedamos un rato en la pile antes de hacer el check out. Nos dieron unas botellas de agua fría para el viaje y antes de llegar al siguiente hotel en Bahía de Panamá, fuimos a almorzar a un restaurante en la playa Flamingo llamado Coco Loco. La playa era hermosa, muy generosa, con olas de agua tibia transparente. La arena no era blanca pero tampoco tan oscura. Tenía palmeras y estaba mucho más edificado que donde veníamos. Apenas bajamos del auto nos ofrecieron alquilar sillas con sombrilla o gazebos. El restaurante estaba sobre la arena y nos acomodamos en unas butacas frente al mar. Pedimos limonada, jugo de frutas (que siempre son naturales) y la comida estaba deliciosa: ensaladas para las chicas y un plato de arroz con mariscos y leche de coco presentado adentro de una carcaza de coco fresco. De postre, flan de dulce de leche. Nos sorprendió la cantidad de postres que se preparaban con dulce de leche, y aunque no le llegaba a los talones al nuestro, estaba muy decente. Un restaurante que bien merecía la parada.

Bordeando las costas, se alternaban playas de arena fina, acantilados, cabos, islas, golfos, bahías. Toda una clase de geografía. En la mitad del camino vimos que había una playa rankeada entre las más lindas que se llamaba Dantita y decidimos ir a verla. Las vistas desde el camino eran impresionantes y cada cala prometía una belleza distinta. De un momento a otro se había nublado y levantado bastante viento. Lu quería llegar al hotel cuanto antes, así que nos conformamos con ver a Dantita desde arriba y seguimos viaje.

El Waze nos marcaba una ruta de 60 km para llegar al hotel y el Google maps 23 km. Ambos con casi el mismo tiempo de duración. Nos quedamos con la segunda opción porque pensamos que seguramente tardaríamos menos de lo indicado. El camino era por rutas asfaltadas muy precarias y otras de tosca con piedras. En un momento el mapa nos señalaba un camino por un lugar que tenía una cadena. Estaba cerrado y era claramente un lugar privado. La opción que nos quedaba era seguir hacia adelante, donde nos cortaba el paso un río de color marrón oscuro que no nos permitía evaluar su profundidad. Martín quería pasarlo y ver “qué onda”, pero a mí me agarró la desesperación después de una mala experiencia que tuvimos en Serbia unos años antes y rogué por desandar todo el camino para hacerle caso al Waze. Pero la suerte estaba de nuestra parte, ya que del otro lado de ese río asqueroso había un camión y un tipo apoyado en la parte trasera comiendo una naranja de lo más tranquilo. Me bajé y le pregunté con cara horrorizada cómo podíamos hacer para cruzar. Mientras tanto Lu me filmaba y se mataba de risa de mis caras y gestos. El hombre me contestó que pasara nomás, que un taxi recién lo había hecho. Me subí muerta de miedo y pasamos despacio por el costado. Recalculando, seguimos viaje hasta el hotel.

 

Llegamos al Mangroove Autograph, donde nos dieron un trago de bienvenida y nos llevaron a la habitación que era muy linda y con vista al manglar. Veníamos muy arriba con el W y aunque eran hoteles de la misma empresa (Marriot) este no estaba tan a la altura. La playa era de arena negra y quedaba atravesando un gran espacio de árboles y arena muy oscura, donde se acomodaban familias que venían a disfrutar del último rayo de sol de ese hermoso día de domingo. El agua era linda, pero al tener la arena negra, no se veía tan transparente ni tan paradisíaca como las anteriores. Si le sumábamos que justo en la bajada del hotel se acomodaban los barcos y lanchas y había como una zona segura delimitada con cintas para el baño, seguía bajando puntos. A pesar de estar a 70 km de distancia de la Bahía Conchal el agua era un poco más fría y sin olas, y los peces saltaban alrededor ofreciéndonos un baile de bienvenida. Cientos de cangrejos ermitaños habían copado los mejores caracoles portándolos en sus espaldas y surcando caminos de lo más diversos. A la noche quisimos cenar en el restaurante, pero como ese día era la final del Super Bowl, tenían un menú fijo de alitas picantes, papas fritas y otras huevadas yankies que no nos interesaban, entonces pedimos comida en la habitación. Error, porque comí el falafel más seco y espantoso de mi vida.

Día 5. Playa Panamá, Guanacaste

Después de un desayuno que estaba correcto, fuimos a caminar hasta la punta de la bahía Panamá, donde la playa cambiaba de nombre y se llamaba Amar amor. Volvimos al hotel y preguntamos qué función tenían unas cabinas a lo largo de todo el margen izquierdo de la pileta rectangular, a lo que respondieron que se alquilaban por 150 dólares por día e incluían 4 reposeras. Si queríamos quedarnos en las reposeras de la pileta que no eran pagas, teníamos que estar del otro lado, del derecho. Es decir que todos los huéspedes del hotel estábamos de un lado y del otro….estaba vacío porque nadie pagaba ese monto y no se podían usar. Insólito, nunca lo había visto en ningún otro lugar del mundo. 

Mientras Martín fue a averiguar para contratar una excursión de buceo, que por suerte había indagado con anterioridad en Google para tener idea de precios y locaciones, con Lu nos quedamos en la pile. Se nos acercó uno de los chicos del bar para ver si necesitábamos algo y le preguntamos qué se podía hacer por la zona o dónde comer fuera del hotel, después de la mala experiencia de la cena anterior. Nos dijo que ahí cerca estaba la playa Bonita, de arena blanca, a la que sólo iba la gente local porque no estaba en las guías turísticas. Quedaba a 5 minutos en auto. También nos recomendaba Playa Hermosa con lugares para comer como La casita del marisco, que no era caro y era todo fresco, o si no Ginger para tapas. La playa más grande de la zona era Playa de Coco, que tenía un centro comercial algo más grande. Muy contenta con la información, cuando llegó Martín nos aventuramos a conocer la primera de ellas. 

 

Había que estacionar el auto sobre una calle que terminaba en una barrera, porque ahí arrancaba la construcción de un emprendimiento privado, pero por el costado salía un camino muy informal, hecho por el mismo paso de la gente. No teníamos el calzado apropiado y la bajada se hizo un poco ardua. A Lu y a mi se nos resbalaba la suela y de a ratos derrapábamos entre las rocas y la tierra. Finalmente llegamos a una playa paradisíaca, solitaria, agreste, de arena fina y blanca, aguas transparentes y bien azules. Un día ganado. Después de pasar un rato en el agua y acordar que ya no queríamos pisar la playa del hotel, pasamos por playa Hermosa para ver si valía la pena volver al día siguiente. Era linda, amplia, con vegetación y arena oscura (nunca tanto como la del hotel), los monos saltaban en la copa de los árboles y nos quedamos un rato caminando por la playa. La siguiente era playa del Coco que tenía hasta un Hard Rock Café. Eso ya era un montón. La playa no era muy linda pero llegamos justo para el atardecer. La caminata desde la principal hasta el mar tenía puestos de ropa a los costados y se me hizo parecida a Kuta en Bali, porque el tipo mercadería que vendían era toda igual y del tipo hippie asiático. Decidimos cenar ahí porque ya daba lo mismo volver en el auto de noche. Elegimos un bar que tenía bastante onda, del tipo americano, como casi todos en el pueblo, y pedimos burrito, unos arrollados de garbanzo y batata y un pescado. Antes de emprender la vuelta, fuimos a un super para hacer un picnic en playa Bonita y pasar ahí el día: wraps y ensaladas que ya venían con sus condimentos.

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Día 6. Playa Bonita

Apenas nos levantamos nos fuimos a caminar por la playa mientras Lu seguía durmiendo. Nos metimos al agua y despertamos a la pequeña para ir a desayunar. Con las provisiones en la heladerita y mejor preparados para bajar a la playa, emprendimos la retirada del hotel. Al llegar, vimos que una familia que portaba un cochecito de bebé se metía atravesando la barrera del emprendimiento privado, así que nos mandamos siguiendo sus pasos. El camino era ancho y mucho mas cómodo que el de hormigas que habíamos probado el día anterior y desembocaba en unas escaleras de madera desde donde aparecía la playa en todo su esplendor. El agua era tibia y transparente. Podíamos vernos los pies y los peces a nuestro alrededor con total facilidad. Juntamos caracoles y nos fuimos caminando por las rocas con la marea baja para ver hasta dónde se podía llegar. Bordeamos la montaña sorteando piedras pinchudas y claros con arena y vimos que desembocábamos en Playa Hermosa, pero decidimos volver porque la marea subía muy de golpe y habíamos dejado a Lu en la playa. Ya nos habíamos encariñado con nuestra hija como para dejarla sola.

 

Enfrente de playa Bonita podíamos ver el Four Seasons, un hotel que tenía salida a dos playas de arena blanca, que para la zona era un lujo porque casi todas tenían arena volcánica. A un costado se veían los hoteles Andaz y Planet Hollywood que estaban en la Bahía de Papagayo, unas de las más codiciadas por los millonarios que iban a Costa Rica. Nos quedamos hasta la caída del sol y volvimos al hotel. Con Lu nos fuimos a la playa y cenamos en el restaurante, que además de no ser gran cosa, era pretencioso (es sabido que eso me molesta mucho).   

Día 7. Playa Panamá – Volcán Arenal

Nuestro último día en Bahía Panamá. 

El despertador sonó a las 6 porque a las 8 pasaban a buscar a Martín y Lu para hacer buceo. Al final había logrado sacar con la concierge una salida mucho más barata que la que ofrecían en el hotel, en el mejor lugar que había en Guanacaste: unas islas frente a Las Catalinas. Desde el día anterior me había quedado con las ganas de hacer un paseo en paddle board que estaba incluido con el pago de un plus obligatorio que te cobraban los hoteles (escrito en letras muy chiquitas cuando firmabas el check in). Como yo también necesitaba una aventura, a las 7am estaba paradita en la playa escuchando las indicaciones de Julio César, el instructor, que me miraba con cara de resignación cuando le dije que nunca había estado sobre una tabla.

Terminadas las explicaciones a los tres intrépidos que hacíamos la actividad de una hora, empezamos a remar mar adentro, viendo peces por todos lados. De repente vi unos pequeños cuernos saliendo del agua y le pregunte al pibe qué era. “¿Ahh y eso?” -dijo el tocayo del emperador romano- “son rayas diablo”. Ahí, a unos pocos metros de mi tabla, empezaron a saltar por el aire haciendo vueltas mortales, que me parecían mucho más mortales si me llegaba a caer de la tabla. Eran muchas y nos rodeaban como si nos hicieran un show exclusivo para nosotros. De ninguna manera tenía que perder el equilibrio, pero a la vez quería filmar lo que estaba viendo porque era increíble. El mayor problema lo presentaban las olas que se formaban cuando pasaba una lancha, aunque fuera muy lejos, porque el agua dejaba de estar plana y mis rodillas empezaban a temblar más que lo que se movía el mar. Mientras seguíamos remando hacia unas rocas, Julio César me contó entusiasmado (porque yo era la única que hablaba español), que era de Nicaragua y había venido de chico con sus padres a vivir a Costa Rica porque había más trabajo. Que tenía un permiso de marinero porque con eso se ganaba mejor y quería aprender las artes de la pesca porque ahí estaba la posta. En el Pacífico ofrecían muchísimas salidas de pesca de pez espada, mahi-mahi, y otros de gran porte, por eso antes de poder trabajar en una embarcación de pesca les exigían como mínimo 2 años de experiencia. En la temporada baja, la de lluvias (julio, agosto y septiembre), los mandaban a la casa porque eran eventuales. No les pagaban nada y volvían cuando empezaba a llegar el turismo. Él era taxista así que en esos meses se las rebuscaba en La Fortuna, un pueblo cerca del volcán Arenal. 

Llegué sana y salva, justo cuando Martín y Lu estaban por subirse a la lancha para ir a bucear. Le pregunté a Julio dónde podía ver algunos monos, y me dijo que a la mañana siempre estaban en los árboles que rodeaban el estacionamiento. Busqué la máquina de fotos y me fui a buscarlos. Cuando ya tenía el cuello completamente duro de mirar hacia arriba, me acosté en el pasto y disfruté de los saltos y equilibrios que hacían madres e hijos para comer flores y frutos. Me tocó desayunar sola, y como recién volvían del buceo a las 12, también me tocó tener todo preparado para hacer el check out. Aproveché para asesorarme con la concierge eligiendo las actividades de los días siguientes en el volcán. Me dijo que había muchas empresas que ofrecían rafting, canopy, paseos por la selva, puentes colgantes, pero su preferido quedaba en Monteverde y se llamaba Selvatura. Era el lugar que reunía lo que teníamos ganas de hacer: canopy, puentes colgantes y la posibilidad de ver animales en su hábitat. Satisfecha y con el mapa en la mano, me fui a armar las valijas.

 

12.30 y no venían. Me dieron hasta las 13.15 y no venían. Saqué todas las valijas y los esperé con el auto cargado para no perder tiempo, ya que nos esperaba un viaje de 160km = 3 horas hasta llegar al hotel The Springs, en Arenal.

En el viaje me contaron que el buceo estuvo increíble. La lancha los llevó directo a las islas que estaban frente a Las Catalinas, donde habíamos ido para ver la playa Dantita. En las dos inmersiones vieron tiburones chicos, estrellas azules, morenas, corales y peces de colores, pero las ganadoras fueron las enormes rayas de 4 metros, que les pasaban por arriba como si fueran transatlánticos. Al principio Lu tenía un poco de miedo, pero cuando la instructora francesa le contó que eran muy mimosas y que se ponían debajo de las burbujas que soltaban los buzos porque le hacían cosquillitas en la panza, les fue tomando cariño. El agua estaba calentita y las decenas de rayas le dieron un carácter único al buceo de Costa Rica que lo pusieron entre los elegidos de Martín. 

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Nos habían recomendado para almorzar un lugar en el camino llamado “La Choza”, pero como se nos había hecho tarde, decidimos hacerlo en el auto con lo que había sobrado del picnic el día anterior mas alguna cosita que compramos en una estación de servicio. Seguimos directo hasta el volcán haciendo una parada en las cataratas de Llanos, para lo que había que desviarse poco y nada. Antes de hacer la recta final hasta la entrada de las cataratas, nos pararon para decirnos que mejor no pagáramos los 7 dolares por cada entrada, que siguiéramos por el camino que nos indicaba y podíamos entrar por atrás, siempre y cuando le diéramos una propina a los chicos que estaban ahí, así quedábamos a mano. Nos dio mala espina y además no teníamos tiempo para perder, asi que fuimos por lo legal, desembolsando los 21 dólares. Después de aguantar las quejas de Martín por la pérdida de tiempo para conocer ese lugar, llegamos hasta unas cascadas bastante lindas donde podías bañarte. Dimos una vuelta por abajo y arriba de las caídas de agua, apreciando la vegetación, los árboles cargados de lianas y las rocas que hacían un camino natural sobre los riachos. 

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Seguimos viaje. Otra vez esas horas de auto se me hicieron muy densas, me parecía que no llegábamos nunca. Cuando estábamos cerca, vimos decenas de coches estacionados al costado de la ruta: era el hotel Tabacón, el más requerido para pasar el día en las aguas termales y una de las razones por las cuales no lo habíamos elegido, lo que había quedado en evidencia en ese instante. 

 

Subidas y bajadas de curvas infinitas fueron compensadas en la llegada al hotel, donde apenas bajamos nos esperaban para explicarnos cómo eran las instalaciones y el funcionamiento. En ese momento toda explicación me parecía excesiva porque estaba agotada. Después de ponernos una pulserita de goma para diferenciarnos de los turistas que iban por el día, nos dieron un trago de bienvenida de maracuyá y naranja, un poco menos sofisticado que los anteriores con piña y hierbabuena o con agua de coco, pero siempre ricos y naturales. Cuando llegamos a la habitación de uno de los edificios y el pibe abrió el ventanal, apareció majestuoso el volcán Arenal, que aunque pareciera tranquilo, por dentro bullía de actividad. Lo primero que hicimos fue irnos a disfrutar de las aguas termales, porque ya faltaba poco para que anocheciera. 

 

En esa región la lluvia se filtraba por el suelo y llegaba hasta el magma subterráneo, que la calentaba y enriquecía con toda clase de minerales. Las aguas termales provenientes del agua subterránea eran calentadas por respiraderos volcánicos y forzadas hacia la superficie pasando a través de depósitos minerales y gases que se disolvían en el agua. El agua brotaba por la ladera de la montaña con una temperatura que variaba de 25 a 50º. A algunos de estos manantiales se podía acceder gratuitamente (río Chollín) y a otros había que pagar porque eran privados y ofrecían algunos servicios como lockers o baños. Yo estaba muy contenta de poder disfrutar del agua termal en el hotel y en realidad  lo pensamos como una actividad importante para hacer en la zona. Las más conocidas eran las del hotel Tabacón, pero había muchas otras a las que se podía entrar pagando por día sin estar alojados.

El hotel tenía como dos secciones de aguas termales: “Las Lagunas” con piscinas desde los 28º hasta los 40º ubicadas en el edificio principal y “Perdido Springs” a 100 metros de la recepción, al que se llegaba por una calle peatonal con piscinas y cascadas que iban de los 25 a los 38º. Nosotros fuimos directo a las cascadas, armadas en la roca y dispuestas entre palmeras y helechos descomunales. En una de las terrazas habían hecho un tobogán que desembocaba en una de las piletas más bajas, por la que te deslizabas con unas alfombritas de goma. Algunas piscinas tenían el agua más transparente que otras: la actividad volcánica junto con la temperatura ambiente y la lluvia jugaban un factor importante en la rapidez con que precipitaban los minerales. Si querías meterte en agua con más minerales precipitados, tenías que elegir alguna que no fuera tan transparente. Nos quedamos casi dos horas recorriendo distintas piletas entre palmeras y flores tropicales, que durante la noche estaban casi vacías.

Después de un baño, cenamos muy rico en el restaurante del hotel Las Cascadas. Era muy destacado el trato amable y desinteresado de toda la gente. 

Día 8. Volcán Arenal

Me levanté a las 7 y me quedé un rato sola en el balcón. El volcán Arenal con sus 1670 metros se erigía majestuoso en el horizonte. Estaba bastante tapado de nubes y nos habían dicho que desde diciembre, que había llovido bastante, se lo había visto pocas veces sin nubes pero que con el correr de los días se iba a ir despejando. Me sentía plena escuchando el ruido de los pájaros, el aullido de los monos. Qué difícil es poner en palabras la intensidad de la naturaleza, la exhuberancia sobrecogedora, y aunque trato de esmerarme pensando adjetivos para compartir un poquito de la experiencia, siento que es imposible. Eran 360º de emociones y sensaciones. 

Lo más sigilosa posible, salí con la cámara a caminar por el hotel mientras el resto dormía. Podía quedarme un rato largo en el mismo sector del bosque lluvioso y captar detalles cada vez más pequeños, un fruto, un bicho que agitaba sus pequeñas alas, una raíz que se retorcía, una hoja que luchaba para salir a la superficie entre muchas otras que le ganaban en tamaño, cada tono de verde, troncos y cortezas, flores y semillas. Hormigas enormes llevaban pedazos de hojas que las doblaban en tamaño y que hubieran desangrado mi jardín en una noche, frutos desconocidos de los que me hubiera gustado saber el nombre. Me cruzaba con algunos parqueros que me saludaban diciendo “pura vida” y mirando a mi alrededor, esa frase cobrarba sentido. “Quiero ver un tucán”, le protesté

 a uno de ellos que blandía una pala cual espada y me contestó que no me desanimara, porque siempre había alguno por ahí y que si veía alguno me iba a venir a buscar, como si yo fuera la única y exclusiva huésped de ese gigantesco hotel. Alrededor de esas cascadas de agua termal había varios bungalows como Villa Guayaba o Villa Calatea, que se alquilaban para familias junto con un carro de golf para que pudieran moverse.

 

Volví a la habitación y desayunamos en el balcón algunas de las cosas que veníamos acarreando desde nuestra llegada. El volcán nos regalaba unas vistas espectaculares. La última vez que tuvo una erupción fue en 1968, cuando de manera repentina arrasó con 3 pueblos y dejó casi 90 víctimas. Desde entonces emite gases y vapores de agua de forma constante, con explosiones esporádicas en las que dispersa nubes de cenizas o fragmentos de lava, convirtiéndolo en uno de los volcanes más activos del país (momento cultural).

Nos quedamos debatiendo qué hacer con las excursiones y casi al mediodía decidimos hacer el paseo al Río Celeste que quedaba en el Parque Nacional Volcán Tenorio. 

De salida, le preguntamos al concierge qué nos convenía hacer respecto del paseo al bosque nuboso de Monteverde, porque después de haber experimentado los tiempos y las curvas de las carreteras, ya nada me parecía tan fácil como lo indicaban las distancias en Google. Desde nuestro hotel hasta Monteverde eran 4 horas de ida y otras 4 de vuelta. Lo que pensábamos hacer incluía un circuito por los puentes colgantes, ver animales (en Selvatura tenían mariposario y área de colibríes) y canopy. El chico nos explicó que no valía la pena tanto esfuerzo en auto, porque ahí cerca tenían lugares parecidos, que la diferencia era que Monteverde era más alto, hacía más frío y llovía más, por eso las nubes estaban más bajas, que se veían otro tipo de pájaros, pero nada más. Concluimos que para ir a Monteverde había que dormir ahí mismo, así que lo dejaríamos para otro viaje. Cargamos las botellas con agua para el paseo y pedimos el auto.

Cuando estábamos saliendo, los chicos de la entrada nos dijeron lo mismo, que fuéramos al Sky Adventure de Arenal que era muy lindo (los ticos usaban mucho la palabra “demasiado”: demasiado lindo, demasiado bueno, demasiado lejos), que otro lugar muy atractivo y sin muchos turistas era en la zona de la virgen de Sarapiqui, que también tenía actividades como rafting y canopy. “¿Ahora van a Río Celeste?” nos preguntaron cuando ya estábamos por salir. Eran las 11.30 y cerraban a las 14 hs, es decir que no tendríamos tiempo de hacer nada, pero a Martín no le ganan a vascoterco y decidimos hacerlo igual. Eran 70 km, es decir 1 hora y media de auto.

 

Agarramos por un camino que nos indicaron los locales para ahorrarnos varios kilómetros, que obviamente estaba hecho pelota pero eran puras montañas verdes, en una zona rural y ganadera. 

En la mitad del camino, pasando Monterrey, vimos una chica haciendo dedo. ¿Por qué no? dijimos y se subió atrás con Lu resoplando un “que dios los bendiga” (la chica, porque Lu nos estaba tirando rayos por los ojos por no haberle consultado). Era bastante precaria y tenía tatuajes en los brazos y las piernas. Nos contó que trabajaba en un bar a unos metros de donde la habímos levantado y que había traido unos manteles limpios pero el bar estaba cerrado. Que era una suerte que la levantáramos porque los buses pasaban con una frecuencia de 3-4 horas hasta Guatuso, donde ella vivía. De repente se puso a revisar su cartera y me pidió una tijera ¿?¿¿. La necesitaba para cortar un chanchito donde guardaba su plata porque tenía que pagar su celular que lo había dejado la noche anterior en un baile. Era todo muy extraño y en seguida nos dimos cuenta de que le faltaban algunos jugadores. Lu empezó a correrse un poco hacia el lado contrario y quedó casi estampada en la puerta. Le pregunté si tenía hijos y me dijo que 5, pero vivían con la madre porque iban a la escuela. Le pregunté si donde vivía no había escuelas y me dijo que sí. Listo. No pregunté más de su vida privada. Cuando pasamos un una zona llamada Villa Maleku (que los tours te lo vendían para visitar la reserva indígena Maleku), le pregunté así como para sacar un tema…qué onda esa comunidad?  Me dijo que ella no los conocía y refutó ¿“Cómo van a ser indígenas si nacieron aca?”. Nos contestó y argumentó que eso era imposible, porque esa villa quedaba cerca del pueblo donde ella vivía y eso le resultaba muy raro. Conteniendo la risa y casi llegando al pueblo de Guatuso, Martín paró el auto en una esquina antes de doblar para seguir la ruta hasta Río Celeste. En ese momento la mina se volvió loca y empezó a gritar que no la dejáramos ahí, porque la policía la andaba buscando y estábamos enfrente de la puerta de la comisaría. “Es que ayer le reventé la jeta a una vieja”, nos dijo mientras decía “puta madre, pacos de mierda” y yo la veía sentada al lado de Lu y lo único que quería era que se bajara con sus tatuajes y su chanchito. Adiós mujer, que la fuerza te acompañe.

 

Seguimos viaje hasta llegar al parking de Río Celeste. Compramos un agua de pipa (coco) y unas bananas porque no habíamos almorzado nada. La entrada salía 12 dolares por persona y el paseo duraba unas 3 horas. La señora que nos vendió los tickets nos dijo que habíamos tenido suerte por el día hermoso que nos había tocado, porque en general llovía o estaba nublado y el color del agua no se veía en todo su esplendor. Eran las 13 hs, el calor se estaba poniendo interesante y nos dimos cuenta de que casi todo el mundo ya estaba de salida. Los micros del estacionamiento llenos de franceses y chinos se estaban yendo y por suerte nosotros entrando. Al parecer le habíamos pegado con la llegada tardía y la mayoría se decidía por hacer el paseo entre las 9 y 10 am. Era la boletería la que cerraba a las 14 pero nos podíamos quedar adentro hasta las 17.

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Apenas empezamos a transitar el camino señalado, vimos que algo se movía entre la vegetación. Era una víbora verde, una bejuquilla, que podía llegar a medir más de 2 metros. Leimos que su toxina era inofensiva en humanos, así que solo podía causar dolor e inflamación. Un alivio.

A un metro, unos turistas estaban viendo otra mucho mas chica y toda enroscada como un acordeón llamada víbora de pestañas. La vegetación que nos rodeaba era impresionante. 

Había 2 circuitos posibles: uno directo a la cascada del Río Celeste y otro que llevaba al pozo azul, los Borbollones y los Teñideros. Decidimos empezar por la cascada, sin saber que nos esperaban 257 escalones, que bajamos muy entusiasmados escuchando el ruido del agua. La sensación era como estar llegando al mismo paraíso, un hueco entre el tremendo verdor donde una cascada de 30 metros depositaba sus aguas de un celeste muy intenso. 

Cuenta una leyenda romántica del lugar que dios limpió sus pinceles en esta laguna al terminar de pintar el cielo. 

Durante años los científicos trataron de estudiar el motivo por el cual sólo 14 kilómetros del río se teñían de un intenso azul, pero no fue hasta 2013 que tomaron muestras del agua del Río Celeste y de sus dos afluentes (Quebrada Agria y Río Buena Vista) y supieron que la clave estaba en la composición del agua y la unión de las mismas. 

 

Nos quedamos apreciando esa maravilla sin pensar en los escalones que nos estaban esperando para seguir hacia la siguiente parada. Mucha gente hacía a la inversa, iba primero por el sendero del pozo y los teñideros y dejaba para lo último la cascada porque la subida te dejaba sin aliento para seguir caminando después.

El calor era muy pegajoso pero estábamos tan contentos, que pasó a ser un detalle. Por suerte habíamos llevado agua (fundamental) para reponer líquido.  

Para llegar a los otros puntos, había que hacer una caminata de 45 minutos más, que pese a estar cerca, eran en subida. 

El pozo azul era una laguna donde todo el verdor se veía reflejado en el intenso color celeste, más visible en los días soleados. Hacía algunos años estaban permitidos los baños, pero el lugar se había convertido en un balneario repleto de extranjeros y locales que contaminaban el agua y dejaban basura, así que ya nadie más podía meterse y habían puesto una baranda para no dejar pasar hasta el agua. Nosotros vimos bastante gente se metía en el río justo antes de llegar, atravesando uno de los puentes de la ruta. También había algunas opciones de baños desde los hoteles que quedaban enfrente, pero teniendo las aguas termales al alcance de la habitación, no nos dieron ganas ni de meter los pies. Si se arma el viaje para pasar la noche cerca del volcán Tenorio, el hotel más lindo es el Rio Celeste Hideaway.

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Siguiendo el sendero, atravesando puentes de madera en los que había que pasar de a uno porque eran muy endebles, llegamos a los borbollones: un hervidero donde se veía burbujear el agua y que daba un poco de miedito. Cada tanto venía una oleada con olor a huevo podrido tremenda. El último punto del paseo eran los Teñideros, el lugar donde confluían dos efluentes no coloreados: el río Buena Vista y la quebrada Agria. El cambio de pH en este punto, generaba que una familia de minerales presente en las aguas de Buenavista (aluminosilicatos), aumente su tamaño por lo que una parte se depositaba en el fondo como un sedimento blanco y otra parte se mantienía suspendida a lo largo del río, dispersando la luz solar (como ocurre en un arco iris, donde las gotas actúan como prismas, descomponiendo la luz blanca en los 7 colores). Pero en río Celeste el tamaño de los aluminosilicatos hacía que se dispersen solamente los tonos azulados de la luz. Un fenómeno óptico que veíamos en el agua con un corte muy determinado entre el agua cristalina y el agua azul. Este fenómeno se producía solamente en 14 kilómetros. Un flash de orden químico.

 

Desandamos el sendero hasta la entrada escuchando el ruido de los pájaros, atentos a cada señal que nos daba la el bosque lluvioso: una hoja que se movía, un sonido sobre un árbol, la luz que se colaba entre la vegetación y en ese silencio se le apareció a Lu delante de sus zapatillas una pequeña culebra, y su famoso aullido humano (Tarzán quedó hecho un poroto) irrumpió como un nuevo sonido en el hábitat natural. 

Al salir ya casi no había gente y para compensar la caminata compramos otra agua de pipa. Había leído que cerca del río Celeste se podía visitar el árbol de la paz, donde otros turistas habían visto las hermosas ranitas blue jeans. Motivada más por el anfibio que por el enorme tronco, paramos a un costado del camino y fuimos a verlo. Se trataba de una ceiba que tenía 22 metros de perímetro, 49 metros de altura y 350 años de edad. Era uno de los 5 ejemplares más grandes de Costa Rica. Para los indios Maleku este árbol significaba el pasaje de la tierra al cielo, así que cuando un cacique moría, se dejaba reposar su cuerpo al pie del árbol para que a través de éste pudiera subir al cielo. Busqué alrededor de las enormes raíces y hojas algún indicio de la rana pero no vi nada. Como teníamos una hora de viaje y no me simpatizaba la opción de llegar de noche, seguimos viaje. 

 

El Waze nos mandó por una ruta distinta que a la ida. Paramos en un super de un pueblito mini para comprar algo para el desayuno que en nuestro caso no estaba incluido, en donde los gauchos ticos nos miraban como bichos raros. Los caminos se empezaron a complicar con grandes piedras incrustadas en la tosca que golpeaban contra el chasis, por más que fuéramos bien despacio. Lo único que deseaba era que no se rompiera el parabrisas o el chasis o el caño de escape o…. 

El paisaje era hermoso y el sol se iba ocultando atrás de las montañas. De repente en una subida una vaca apostada en medio del sendero nos cortaba el paso, inmutable. Lo que al principio nos pareció divertido terminó poniendome lo pelos de punta. En una maniobra para tratar de esquivarla, el auto quedó enterrado en el barro y no podíamos sacarlo. En muy poco tiempo se iba a poner oscuro y la posibilidad de quedarnos atrapados en ese páramo lleno de alimañas y en la más completa soledad, me daba terror.

Me tocó ir al volante para que Martín y Lu pudieran empujar de atrás, pero cada vez se empantanaba más y salía un fuerte olor a goma quemada.

Por fin con unas maniobras que logró hacer Martín (mientras Lu y yo nos abrazábamos rezando cada una al dios de los mecánicos), logró encaminarlo hacia la vaca que miraba toda la escena muy espantada. Llegamos de noche y nos fuimos directamente a las piletas. Cenamos en el mismo restaurante que el día anterior.

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Día 9. Volcán Arenal

Después de desayunar con la vista del volcán casi despejada, nos fuimos al parque de Sky Adventures, los fundadores de los puentes colgantes en los bosques lluviosos en Arenal y Monteverde. Estábamos indecisos entre Sky y Místico, las dos empresas que más trabajaban en esa zona, pero todos nos aconsejaron al primero sin dudarlo. Por suerte era a una media hora de auto del hotel. 

Compramos el combo puentes+canopy que era lo que más nos interesaba. El siguiente turno de canopy era a las 11.30 y nos apuntamos en ese horario para tener la tarde libre. El tema era que el circuito de caminata de 4 km tenía una duración de 3 horas para hacer los 7 puentes colgantes y el último tramo (2 puentes) eran en subida. Como llegamos a las 9am, pensamos que podríamos hacerlo más rápido que el resto que iba con guía (4km en 2 horas = una papa) y allá fuimos.

Apenas nos metimos en el sendero, el bosque lluvioso se nos presentó en todo su esplendor. El camino era estrecho y la vegetación envolvía todo mi cuerpo. De repende apareció el primer puente colgante de 250 metros de largo, suspendido a 70 metros del piso. La copa de los enormes árboles quedaban a nuestra altura, desde donde pudimos ver algunos monos capuchinos o de cara blanca saltando entre las ramas. Un poco más adelante había una especie de pavos con cresta roja abajo del pico y nos quedamos un rato largo mirando cómo se paseaba con su compañera. Ahí supimos que de ninguna manera podíamos llegar a la hora señalada. Sentía la estridencia de los grillos, la humedad de la tierra, el canto de las aves. Atravesamos otros puentes mas cortos, más altos, todos bellos. Desembocamos en una cascada a la que llegamos subiendo y bajando infinitas escaleras cavadas en la piedra (algunos escalones eran más altos que los de las pirámides de México). No teníamos tiempo ni para quejarnos. Una vez pasada la catarata, nos quedaba el último tramo en subida para llegar al punto de encuentro. Teníamos 20 minutos para hacer ¼ del camino en subida o ¾ en bajada.

Decidimos volver por donde habíamos llegado sin hacer paradas, cosa que me costaba muchísimo porque me detenía a cada rato para desentrañar los misterios ocultos del bosque.

Llegamos justo a tiempo, pero la salida se había retrasado por los del turno anterior y tuvimos que esperar unos 15 minutos hasta que nos pusieran los arneses, cascos, ganchos y sogas por todo el cuerpo.

Para subir a la primera plataforma nos tomamos un skytram que subía por arriba de los árboles. Nos tocó justo en el carrito donde iban los instructores. Les preguntamos sobre Monteverde, porque a todos les había tocado ir a la otra sucursal de la empresa y de manera unánime contestaron que el de Arenal era mejor, que el clima era más amable y que en la altura de Monteverde pocas veces no llovía y hacía más frío. Que estábamos de parabienes porque ahí llovía el 60% del año. Hicimos 7 plataformas, algunas más largas otras más altas. La sensación era única, como si estuviéramos sobrevolando el bosque. Fue una experiencia que disfrutamos muchísimo especialmente al final donde Lu y yo nos tiramos juntas y otra vez le gané la llegada (la primera fue en Australia). Por suerte el grupo que nos tocó a esa hora era de 12 personas, porque nos dijeron que había días y horarios donde podían llegar ha haber grupos de 50 personas en la misma tirada. Además, Lucía dejó encandilado a más de un instructor, quienes con mucha delicadeza y lejos de los oídos del padre, me felicitaban “sin ofender” por “la nena” que se había ido con un top bien ajustado. Hermosa.

Almorzamos en el restaurante del lugar que tenía una vista extraordinaria del volcán y del lago. El lago Arenal era un embalse artificial pero parte fundamental de la oferta turística y la mayor acumulación de agua dulce del país. 

 

De vuelta en el hotel, ya teníamos agendado para hacer tubing por el río Arenal. El último micro, que parecía uno de esos que te cruzaban a Cabo Polonio, salía hacia Club Río a las 15.45. Ese club era una zona creada por el hotel con actividades para las que había que pagar extra: querías ver pájaros y animales en el santuario? Un precio. Rafting, tubing?, otro precio, caballos? Un poco más. En Costa Rica el bolsillo se usaba demasiado seguido. Habíamos reservado para hacer el último turno. En el camino vimos un grupo de pecaríes o chanchos de monte que nos cruzaron y se metieron de vuelta entre la vegetación. El micro nos dejó a orillas de río, que por suerte tenía unos rápidos suaves. Después de darnos las instrucciones, todos al agua. Fue super divertido, con Lu ibamos agarradas de la mano del cagazo que teníamos, pero estábamos siempre acompañadas por dos pibes que si te trancabas con alguna roca te venían a sacar. Hicimos dos vueltas al río y en la segunda Martín que era el filmador profesional del grupo, se cayó al agua salvando el teléfono pero se ganó un buen raspón en el brazo. Estaba atardeciendo y volvimos con menos de una hora para nuestra siguiente aventura: un paseo nocturno por la selva para ver la actividad de ciertos animales, principalmente de los anfibios.

El guía que era biólogo, nos pasó a buscar con su auto por la recepción y volvimos a la orilla del río Arenal, donde habíamos estado hacía unas pocas horas. El pibe manejaba muy muy mal, frenando a cada metro. Tuvimos que esperar 15 minutos hasta que estuviera bien oscuro,  mientras el guía preparaba su linterna y un palo con un gancho en la punta. Martín había llevado su superlinterna, recién comprada en los Estates con un sinfín de lúmenes. Cuando el guía sacó su linterna, Martín, cual duelo de cowboys, sacó la suya 10 veces más potente. El pobre hombre humillado, le dijo que era mucha luz para los animales, que por favor la guardara y así, cantando bajito, nos fuimos hasta la orilla a ver algunas ranas. Las primeras que vimos parecían bastante normalitas, como las que siempre nos cruzábamos por nuestros pagos, pero la palabra veneno se repetía sin cesar. Veneno paralizador, veneno mortal, veneno por contacto. Una araña estaba tejiendo su tela cuando el guía le tiró una polilla que había agarrado de una planta. La araña no demoró ni un segundo en atraparla, inyectándole el veneno en el lomo y  envolviéndole la cabeza para que no pudiera respirar. Pasado un rato, y ya vencida su presa, succionó el jugo del bicho y siguió tejiendo como si nada hubiera pasado.

Vimos ranas enmascaradas que salían solo a la noche y vivían en los árboles. La hembra ponía más de 1000 huevos sobre la superficie del agua formando una capa bien reconocible. Los anfibios se encuentran amenazados en todo el mundo. El cambio climático y la pérdida del hábitat son algunos de los mayores factores, pero la peor amenaza es el hongo BD (Batrachochytrium dendrobatidis) considerado el peor patógeno para un organismo vivo jamás registrado. Esta pandemia alcanzó niveles críticos y se cree que de las 6500 especies de anfibios registrados, cerca de 1000 están extintos o en peligro crítico.

Seguimos caminando y mientras el guía movía las piedras con su palo, descubrió a la ranita blue jean, de apenas 2 cm. A pesar de su tamaño, era una especie super venenosa, capaz de provocar un paro cardíaco a quien la tocase. Aún hoy algunos indígenas de Nicaragua o del norte de Costa Rica que viven lejos de la civilización, la usan para infectar los dardos de las cerbatanas. La toxina animal más letal conocida, pertenece a una rana relacionada con esta pequeña ranita roja y azul cuyo veneno es capaz de matar a 20 mil ratones o diez mil personas adultas. Por suerte no las había visto en el árbol de la paz porque capaz que las tocaba… 

 

Unas insignificantes setas pegadas en un árbol e iluminadas desde abajo, se convirtieron en una nube de esporas cuando el guía las iluminó desde abajo. Los sapos toro dejaron verse unos segundos y se metieron en sus cuevas y una rata de panza blanca merodeó por la zona y se mandó a guardar. El pibe veía cosas que a nuestros ojos eran invisibles. Por el tronco de un árbol subían unas hormigas negrorojizo de unos 3 cm, las más grandes que había visto en mi vida. Eran las hormigas bala, llamadas así porque su picadura se asemejaba al impacto de un proyectil (un dolor 30 veces más intenso que el de una abeja). 

Unos murciélagos pasaron delante nuestro. “Antes me parecían simpáticos”, nos dijo. “¿Antes?” Pregunté algo desconfiada. “Es que un compañero biólogo vio uno tirado en el piso y al levantarlo para ver que le pasaba, el murciélago lo mordió y el muchacho murió a los tres días”. Hermosa historia para estar a oscuras en la selva con los murciélagos alrededor. “Es que estaba enfermo el bicho, no como estos”. Ahora sí me dejó más tranquila. Después de ese cuento se me ocurrió preguntarle cuáles habían sido los momentos de mayor peligro mientras hacía los tours nocturnos. Yo me las busco.

Uno había sido cuando se apoyó en un tronco y lo picó una hormiga bala. Estuvo 30 días con dolores muy agudos. La segunda fue mostrando las características de una víbora a unos alumnos en la selva, y el reptil le clavó los colmillos en dos dedos de la mano mientras nos mostraba las grandes cicatrices. Con esa herida estuvo 3 días hospitalizado y muy grave.

Mientras seguíamos caminando nos contó que hacía 3 meses, había visto una víbora terciopelo, casi al lado de donde justo estaba parado. La serpiente no quiso morderlo, quizas porque recién había comido, o porque “dios así lo había querido”, porque esta especie era atraída por la luz de la linterna y por el calor del cuerpo humano y era capaz de perseguir a la presa hasta morderla y dejarla knock out (en este caso: nosotros). Estaba considerada como la especie más peligrosa del país y aseguró que si alguna otra vez volvía a verla, dejaba el trabajo de la noche para siempre porque tenía hijos. Pasados 5 minutos de esa historia y habiendo caminado unos pocos metros, apagó la linterna y nos propuso un ejercicio: sentir los sonidos e ir acostumbrando los ojos a la oscuridad. ¿Whattttt???¿Cerrar los ojos? ¿Apagar la luz en el mismo lugar donde encontró semejante víbora?. No podía concentrarme en nada más que en agarrar la linterna y darle vueltas cual sirena de ambulancia para captar todo el perímetro. Quería ser el hombre biónico y ver todo lo invisible. Lo cierto era que en esa oscuridad y a pesar del miedo, cada vez podía ver más cosas: unos hongos luminiscentes que atraían a los insectos para que esparcieran sus esporas y asugurarse su reproducción, los ojos de algún animal que brillaban con la luz que se colaba de la luna. Sombras, sonidos, olores, e increíblemente pude dejar de temblar.

 

Nos llevó hasta unas pozas que había mandado a construir para que las ranas pudieran reproducirse, porque en los meses de verano, los sedimentos de la montaña iban cayendo a la orilla y se formaba mucho barro, cosa que dificultaba a los renacuajos para llegar al agua o se les quedaban trancadas las patas. En esos estanques, los renacuajos nadaban a sus anchas y sobre una hoja vimos al anfibio más famoso de Costa Rica. De grandes y hermosos ojos rojos, la Agalychnis callydrias o Rana de ojos rojos, era sin duda la más linda de todas. Los tonos azules, naranjas y rojos los adquirían de adultos. Los machos medían 6 cm mientras que las hembras eran un poco más grandes. La piel tenía toxinas pero no eran tan poderosas. El guia la agarró con un palito y me lo dio para que la viera más de cerca. Nunca pensé que una rana me iba a dar ternura, pero abrazada a la ramita y con sus ojos cerrados, me gustó mucho.

No vimos ninguna víbora, pero ya estaba más que contenta con el paseo y bastante cansada. 

Habímos ido preparados para ir a la pile directamente, así que nos pedimos unos tragos en la barra, para relajarnos de un día lleno de aventuras.

Día 10. Volcán Arenal-Manuel Antonio

Como era el último día en Arenal, nos despedimos pagando un buen desayuno en el hotel. Queríamos salir temprano porque teníamos 5 horas de viaje (300 km) hasta Manuel Antonio, donde habíamos alquilado un departamento frente a la playa. A la dificultad de la ruta se le sumaba que era sábado y la gente se movía entre playas, montañas y ciudades. En el camino vimos un lugar enorme de artesanías y paramos para comprar algunos regalos. Lo único que adquirimos fue una ensaladera de madera tallada en cocobolo (palo rosa), que tenía dos colores bien diferenciados. Teníamos que llevarnos un recuerdo de Costa Rica.

La ruta, de una sola mano pero asfaltada, transcurría entre altas montañas plantadas con café. Las vacas pastaban acostumbradas a un desnivel no apto para vertiginosos. Los campos ondulados, verdes de cultivos, tenían algún pueblito remoto salpicando sus laderas. En varios tramos pasamos por plantaciones de caña de azúcar y algún que otro ingenio, que desparramaba en el aire fresco el humo feroz de sus chimeneas. Hicimos una paradita en la iglesia San Rafael, en Zarcero, construida en 1895 y cuya fama trascendió por el jardín de cipreses que tenía en la entrada, en forma de arcos y otras representaciones un poco bizarras como patos, dinosaurios y ardillas. Martín compró unas cocadas que estaban muy empalagosas pero buenas y seguimos viaje. Andábamos como siempre, al ritmo de los camiones, tractores y autos que teníamos adelante en esa ruta sinuosa de un carril por mano.

 

Pasando Jaco, a la altura de Parrita, el tráfico se empezó a complicar. No sabíamos qué estaba pasando, pero ya no queríamos estar más en el auto y nos agarró un poco de intolerancia. El tema era que teníamos que esperar el paso de varias comparsas que estaban practicando para el carnaval y que en la zona eran muy reconocidas.

Había arreglado por teléfono nuestra entrada a The elephant castle para las 4 de la tarde. El lugar tenía estacionamiento en la puerta, por lo que la llegada fue más fácil, ya que era una zona de bares, muy difícil para dejar el auto. El departamento era hermoso, por fin 2 dormitorios y 2 baños y frente a la playa! Por ser sábado estaba a tope de gente, lleno de sillas y sombrillas. Desde el balcón veía pasar los monos capuchinos haciendo equilibrio entre los cables de luz y bajando y subiendo de los techos y postes buscando algo para comer. Eran como las ratas ticas, pero en vez de huir despavorida, me daban ganas de mirarlos todo el tiempo, siempre y cuando no entraran por la ventana a afanar cosas. Cruzamos a la playa para ver el atardecer. Estaba llena de gente disfrutando de un día increíble. El agua estaba cálida. Caminamos hasta una de las puntas, donde había un arroyito que nos separaba de la playa Espadilla Sur, la que estaba adentro del Parque Manuel Antonio. Del otro lado se leían carteles que decían “cuidado cocodrilos” y otro que avisaba que esas aguas tenían materia fecal. Nos pareció que era una forma de disuadir a la gente para que no cruzara al otro lado y entrara al parque nacional sin pagar entrada. Una exageración que de todas maneras no estábamos dispuestos a probar.

En el momento que estaba bajando el sol, una pareja yankie de novios comenzaba la sesión de fotos junto a sus damas y hombres de honor como en las películas: ellas vestidas iguales y los muñecos también. Terminamos el día sentados en la arena, disfrutando del sol que nos regalaba infinidad de tonalidades. 

Después de un merecido baño, conocimos a Raúl, el conserje del departamento, que nos dio algunas recomendaciones de comida y nos sugirió que contratemos un guía para hacer la caminata por Parque Nacional Manuel Antonio. Salía 55 dólares por persona y te prometía no sólo un buen profesional, sino un excelente equipo telescópico. 

Habíamos decidido hacer ese paseo al día siguiente, que era domingo y la playa de enfrente iba a estar atestada. Nuestra idea era ir la primera vez sin guía, hacerlo por la nuestra, y volver el miércoles con un tour organizado. El lunes el parque estaba cerrado y el martes se llenaba de gente que había esperado para ir después del lunes. 

Fuimos al mini super que quedaba al lado, compramos provisiones y cenamos en el restaurante de abajo llamado Baldi’s fresh.

 

Día 11. Manuel Antonio

A las 7 am estábamos caminando las 6 cuadras que nos separaban de la entrada del parque. Mientras Martín hacía la cola para sacar los tickets (16 dólares para extranjeros), se me acercó un tremendo vendedor vestido de guardabosque que me hizo el verso de que con él íbamos a ver tucanes, perezosos, víboras, mapaches, venados, monos y toda clase de bichos. Que tenía un telescopio, y que solos no nos valía la pena entrar y muchas otras cosas que dicen los buenos vendedores. Cuando Martín volvió con las entradas, yo ya había arreglado que por 20 dólares cada uno nos harían el tour de nuestras vidas. Es decir que la jodita nos salía 36 dólares por persona.

El pibe era más seco que escupida de momia y tardó más de media hora en salir, tratando de enganchar más clientes. Al final entramos casi a las 8 con muchísima otra gente, principalmente ticos a quienes les cobraban un boleto económico, que cargaban mochilas y heladeras hasta los dientes. Lo peor era el ruido que hacían, a lo que se les sumaban los gritos de los miles de pibes que los acompañaban, con lo cual las posibilidades de ver animales se reducía drásticamente.

El chico nos contó que hacía un par de años había empezado con las visitas guiadas. Así de malo como parecía, tenía el ojo entrenado y veía bastantes cosas (aunque en varias la hacía fácil y ponía su telescopio donde estaban los otros guías). Casi en la entrada vimos un perezoso, que no era más que una bola de pelos largos enroscada en el árbol. Nos contó que eran solitarios y nocturnos y que había perezosos de 2 y 3 dedos. Se caracterizaban por ser lentos para poder sobrevivir con una dieta de baja energía basada en hojas, y que pasaban la mayoría del tiempo sobre las copas de los árboles para evitar a sus depredadores. De las hojas obtienían alimento y agua y casi todo lo que hacían (comer, dormir, aparearse y parir), era estando colgados de las ramas. Las únicas veces que los perezosos eran encontrados de pie, era cuando iban al suelo a cagar, cosa que hacían una vez cada 5 días. A él le había tocado presenciarlo y dijo que era impresionante. No me quedó claro si era impresionante verlos parados o ver la cantidad de caca que hacían.

Obviamente su principal depredador era el hombre, básicamente por la tala de árboles que los dejaba sin alimento ni hábitat.

Fuimos por un camino lateral donde vimos una lagartija Jesucristo entre unas rocas, y más adelante, un grupo de ciervitos comían hojas de los árboles.

Sobre el asfalto la lagartija piedra le hacía honor a su nombre y no la pisé de casualidad. Seguimos caminando, admirando las enormes mariposas de alas azules que cruzaban de un lado para otro. Nos deteníamos a ver arañas, bichos rarísimos que se camuflaban en las hojas y los tallos. La vegetación desplegaba enormes hojas, con formas y tonos diferentes. Llegando a la playa, y ya con bastante movimiento de turistas, encontramos el último perezoso acurrucado en un árbol enorme, al que pudimos verle la cara. Antes de despedirnos, el guía nos mostró unos murciélagos minúsculos que estaban aferrados al tronco de una ceiba.

A pesar de que no habían pasado las 2 horas que prometía el tour, a esa altura ya queríamos quedarnos solos y recorrer a nuestras anchas. Con el mar azul a la vista, sólo necesitábamos encontrar alguna sombra para dejar la mochila y tirarnos al agua. Caminamos un poco por la playa hasta encontrar un espacio y desplegamos los pareos. Los lugares bajo los árboles se iban agotando como pan caliente. Ya hacía más de 30 grados y el agua nos iba a dar algo de alivio. El color era distinto que en Guanacaste, más verdoso y menos transparente. Desde el agua la bahía se veía hermosa rodeada de palmeras, manglares, con la arena blanca y el sol reflejándose en el mar. Nos quedamos más de una hora en esa placidez sin olas de temperatura ideal, y decidí ir a buscar el celular para perpetuar el momento. Cuando agarré la máquina, me distraje con un grupo de monos capuchinos que se había acomodado en el árbol vecino sin percatarme de que uno de los monos se había acercado a nuestra mochila. Desde el mar, Martín y Lu miraban inquietos la escena, cuando a los gritos Lucía lo mandó a los piques al padre a rescatar su celular de las garras del primate. Un dramón.

Por suerte yo había cerrado con cierre y el mono tardó más de lo que tardó Martín en llegar a espantarlo. Envolvimos la mochi en el pareo y volvimos al agua. En Manuel Antonio llamaban a los monos “la mafia del parque” por la cantidad de robos que hacían.

Se acercaba la hora del almuerzo y las familias empezaban a abrir sus luncheras y heladeras. El olor de la fruta se dispersaba en el aire y los animales empezaban a agolparse para obtener algún botín. Por suerte no habíamos llevado nada, porque la idea era volver al departamento e ir a almorzar a la playa. No dejaban entrar con bebidas alcohólicas ni con bolsas de frituras tipo papas fritas, pero podías entrar con otro tipo de plásticos.

En eso, un mapache se coló entre los manglares y a pesar de los palazos que trataban de propinarle, le robó toda una bolsa a una pareja, dejándolos sin el romántico picnic. Nos quedamos un rato más, pero la sombra no era suficiente para tanta gente, que sin importarle el espacio reservado, se acomodaba corriendo pareos y zapatillas.

En toda la bahía había un solo señor recogiendo la basura. Encontramos muchas tapitas de gaseosa y algunos plásticos. Con Lu juntamos bastantes cosas y se las llevamos. “Ojalá todos fueran como ustedes” dijo el hombre que tenía sus años y estaba a pleno sol agachándose cada 5 minutos.

Lu trató de ponerse al sol pero estaba tan fuerte que no había manera de soportar sin refugio o fuera del agua.

Nos quedaba un circuito por adentro del parque donde había unos miradores y otras playas. Algunos monos colgaban orondos de las ramas y otros saltaban de acá para allá. Subimos y bajamos escaleras entre el verdor que colaba algunos rayos de sol. De tanto en tanto escuchábamos el crujido de las ramas que indicaban que algún animal se escabullía a su madriguera. Vimos un agouti, un roedor grande parecido a un carpincho y llegamos a un par de miradores. Muertos de calor, y mirando con amor la hermosa playa de Espadilla Sur que estaba atravesando un riacho en nuestra playa, decidimos no meternos y volver al departamento para almorzar y pasar la tarde en Espadilla Norte. Saliendo del parque había una cantidad de puestos de ropa y artesanías que prometimos recorrer cuando bajara el sol.

Preparamos un delicioso guacamole, omelette, milanesitas de pollo, un licuado y comimos con el ventanal abierto mirando al mar. La playa estaba bastante llena por ser domingo y nosotros habíamos estado al sol toda la mañana, así que sin culpa Martín se durmió un siestón y las chicas nos fuimos de compras. Casi todos los negocios ofrecían lo mismo: ropa tipo de la india berreta, y era muy parecido a las ferias de Bali pero 100 veces más caro. Las artesanías eran feas y todo lo que vendían se podía conseguir en cualquier parte del mundo: tucanes de epoxi o de madera, aros con piedras falsas, peluches de ranas, imanes, pareos, pantalones babucha y tops tejidos a crochet.

Al atardecer, cerveza y Smirnoff ice en mano, fuimos a la playa a ver un romántico atardecer.

Día 12. Manuel Antonio

Nos levantamos temprano y salimos a caminar. Espadilla Norte era ancha cuando bajaba la marea, con mucha vegetación y rocas en ambas puntas. Me enamoré de esa playa desierta, con la luz que se reflejaba en la orilla. Llegamos hasta que unas rocas nos cortaron el paso. Tratamos de atravesarlas para seguir a la siguiente playa, pero las piedras eran muy filosas y estábamos descalzos. Del otro lado estaba el hotel  Arenas del Mar y queríamos conocerlo porque había sido una opción para quedarnos pero nos resultaba muy caro. Volvimos a desayunar y a buscar a Lu.

Apenas cruzamos nos vinieron a ofrecer reposeras y sombrillas. Por 7 dólares diarios teníamos la playa a nuestros pies. Las acomodamos en la orilla, para que los pies tocaran el agua, con la heladerita cargada de breverages varios. Cada uno con su lectura, con su disfrute interior. La marea nos iba corriendo hacia nuestro departamento y pensamos que en algún momento terminaríamos tomando cerveza en el balcón del primer piso. Volvimos a almorzar a la casa y descansamos un rato. Para cambiar un poco, fuimos a conocer el pueblo más cercano llamado Quepos. Estaba bajando el sol y caminamos por la costanera hasta el puerto (uno de los más importantes de la zona), sorteando el sonido ensordecedor de los pájaros. El lugar nos pareció sin gracia, muy chiquito, con algunos bares y restaurantes que no prometían mucho y por eso no nos quedarnos a cenar ahí.  Comimos en casa unos garbanzos, ensalada y vimos una peli.

Día 13. Manuel Antonio

A las 7.30 salimos a caminar. No había gente, a esa hora la marea estaba muy baja y nos regalaba una playa ancha con maravillosos reflejos. El silencio ni siquiera era interrumpido por los acomodadores de sillas y sombrillas que sigilosamente ordenaban sus petates para llamar la atención de sus clientes. En este lado de la costa del Pacífico, las mareas cambiaban muy rápidamente en el transcurso de una sola mañana. Tres días antes y tres después de la luna llena los cambios podían ser bastante abruptos por estar asociados con una mayor fuerza gravitacional (la Luna está más cerca de la Tierra).

 

Las mareas del Pacífico están dominadas por la Luna. Esos días que pasamos en Manuel Antonio fueron posteriores a la luna llena, y tuvimos 2 ciclos de marea alta durante las horas de disfrute de la playa.  Desde las 7 am a las 12 estaba buenisimo, pero después teníamos que ir corriendo las sillas cada hora hasta quedar casi acorralados entre la vereda y el mar.

Esta vez nos habiamos llevado las ojotas para poder pasar a través de las rocas hasta la playa del hotel Arenas del Mar, a la que se accedía por la playa que estaba bastante resguardada, o por arriba de la montaña entrando desde el hotel. Playa playitas era paradisíaca. No era privada porque todas lñas playas de Costa Rica eran poúblicas, pero a esa hora de la mañana no había nadie. Era una pequeña bahia con aguas cristalinas y mucha vegetación.

Nos metimos al agua. No importaba la hora: siempre te recibía con la temperatura perfecta. Cuando la marea estaba baja las olas eran muy amables, ideales para quienes tomaban clases de surf, pero con marea alta las olas eran para experimentados.

Lu nos miraba desde el balcon, y subimos para desayunar juntos. Para hacer algo diferente, fuimos a conocer una playa Biesanz que estaba a 8 minutos en auto y que había leído que valía la pena. Dejamos el auto a un costado de la ruta donde habia un cuidacoches (2000 colones), casi llegando al Hotel Parador. De ahí teniamos que atravesar un camino entre los árboles hasta llegar a la playa. Monos, vegetación, enormes y variadas hojas de helechos. La playa no era fea pero tampoco valía mucho, la mitad estaba llena de rocas y la otra mitad repleta de turistas. Era la más cercana a varios hoteles como el Parador, el Shana que era bastante grande, Issimo, etc. Despues de haber caminado a la mañana por Espadilla Norte, Biesanz no nos provocaba más que ganas de volver a nuestras sillas de playa. Habíamos ido preparados con heladerita, bebidas, toallas pero nos volvimos sin meternos ni siquiera al agua. Alquilamos las sillas y sombrilla de cada día. Hacía un calor muy húmedo y el sol estaba muy fuerte como para bancar sin sombrilla. La oferta de productos y servicios era variada y divertida: Cebiche, empanadas, pulseras, agua de coco, vueltas a caballo, artesanías de madera, pareos, aros, ocarinas con forma de tucán, vasijas de ceramica, cigarros (Cohiba y al sol), pero nunca molestaban o cargoseaban, iban pregutando con respeto y seguían de largo.

Lo único malo era que no contaba con zonas seguras para los que no hacíamos surf, jet ski o cuanquier actividad que puediera darte un buen golpe en la cabeza y dejarte patas para arriba. Había guardavidas que iban paseando con una camioneta por la playa . En un momento uno de ellos fue a decirles a Martin y Lu que se habían metido en una zona peligrosa donde había corrientes de agua y que era mejor que se corrieran. En efecto Martín me dijo que sentia que la corriente lo tiraba para adentro. Parecía un servicio muy activo y los veíamos entrenando en la playa a la mañana temprano. De todas maneras la playa era muy extensa para abarcarla toda y no había una garita donde se pudiera controlar un espacio más integral desde las alturas.

Nos quedamos en la playa disfrutando de un hermoso día de sol. Almorzamos en el departamento, guacamole, sandwiches. En Manuel Antonio todo era mucho mas caro que en otros lugares. A la tarde leimos un poco y a las 17.30 bajé solita a ver el atardecer para sacar unas fotos. A las 18.15 quedaban abiertos los bares y los supermercados hasta las 9 pm.

No probamos las comidas típicas de Costa Rica, porque eran muy power para el calor que hacía. 

El “gallo pinto” era un desayuno para campeones que tenía una mezcla de arroz y frijoles negrosacompañados de huevo revuelto, frito o en forma de tortilla. También se le ponía plátanos maduros dulces, crema ágria, queso y/o fruta. El “casado” se ofrecía para almuerzo y era arroz con frijoles acompañados de carne, cerdo, pescado o pollo, con una porción de plátanos maduros. Básicamente los mismos ingredientes pero distintos platos.

El ceviche conocido por nosotros, la “olla de carne” que se preparaba con cubos de carne de vaca cocinados lentamente con verduras y se servía con arroz blanco. El “chifrijo” chicharrones de cerdo, frijoles con su caldo, pico de gallo (tomate y cebolla) y chips de tortilla con palta o los “gallos” que eran aperitivos de pequeñas tortillas de maíz que se rellenaban con algún picadillo de papa, arracache (tubérculo), pollo, carne mechada, chorizo o varias de ellas.

Había bantante oferta de postres con dulce de leche. Pero la mayor oferta la encontrabas en propuestas de burritos, wraps, pescados y mariscos.

Fuimos a cenar a Marlín, en la esquina del departamento y cuando nos dieron la carta era lo mismo de siempre así que pedimos unos tragos para disfrutar escuchando el ruido del mar y fuimos al super para hacer la cena en casa y comer con el pijama puesto a la luz de la luna.

Día 14. Manuel Antonio

Último día entero en Manuel Antonio. Madrugón y caminata por la playa hasta Playitas y volvimos a desayunar con Lu un riquísimo licuado de mango, naranja, banana y piña. Al bajar a la playa, ya nos estaban esperando con la sombrilla y las reposeras al lado del mar. Volvimos con Luli hasta la punta y pasamos a Playitas. Nos metimos al agua que estaba tibia y la luz se reflejaba dejándola de un color plateado. Yo me fui a investigar las rocas, los cangrejos se metían en los huecos y hacían sus tranzas con sus vecinos sin importarles mi silenciosa presencia. Mientras volvíamos a nuestras sillas, las estrellas de mar se iban metiendo velozmente en la arena como si supieran que tenían que abrirnos el paso. Era realmente mágico. Ellos se adelantaron y yo me quede filmando ese espectáculo natural. En eso, un hombre de Miameeeee se paró para ver qué estaba haciendo agachada con mi teléfono casi en la arena. Emocionado porque le puse una de las estrellas en la mano, empezó a agarrar varias para llevarle de regalo a su novia. Después de un sermón sobre ecología y preservación, me prometió que después de mostrarlas las devolvería al mar.

Cuando llegué a las reposeras, Lu y Martín estaban en el agua y me sumé. Como siempre, el último día es siempre el mejor. El agua estaba más tibia y transparente que los días anteriores.

Almorzamos, descansamos y a la noche fuimos a un restaurante que encontré llamado “Morpho Beach Bar, Puerto escondido”. Era un lugar al aire libre ambientado con lucecitas en los árboles y mariposas colgantes. Un tipo tocaba música suave con la guitarra y el menú nos pareció una maravilla. Martin se pidió unos langostinos al curry que venían presentados en carcaza de ananá, Lu una ensalada de cuscús y yo un filet al vino tinto y hongos que estaba increíble. Caminamos hasta el hotel y vi un grupo que estaba por salir en un tour nocturno. Se estaban poniendo una botas altas y les pregunté dónde iban. “Vamos al monte a ver víboras, tarántulas y todos los animales que uno no se quiere encontrar”. Parece que ese paseo era bastante exitoso.

Como teníamos casi todo hecho para viajar al día siguiente, ya dejamos el desayuno pre hecho y apenas nos levantamos fuimos a caminar por la playa. Una despedida excelente. Entregamos las llaves y partimos rumbo al aeropuerto. Salimos con tiempo porque el tema de las rutas era impredecible en cantidad de horas. En el camino pasamos por el puente “Cocodrilo” y bajamos para ver. Con asombro, una docena de enormes cocodrilos tomaban sol casi petrificados y se contorsionaban en el agua hasta llegar a la orilla. 

Antes de llegar al aeropuerto, hicimos una parada en Walmart para comprar unos jugos y granadilla que vaciamos y pusimos dentro de los envases.

Me quedé con ganas de mas, de conocer Costa Rica del lado del Atlántico, de adentrarme más en la selva y en los parques y sus volcanes. De sentir la exuberancia de la naturaleza, de charlar con la gente y de que me digan cada mañana “pura vida”, porque con esas dos palabras no hay manera de no encarar un día feliz. 

Consejos

- Alquilar un auto con motor potente (si es 4x4 mejor)

- Probar la granadilla

- No cambiar plata porque todos aceptan dólares y dan el cambio en colones

- No comprar nada en el aeropuerto porque son chorros

- Comprar chip porque es fundamental tener GPS. Nosotros teníamos uno de Movistar que siempre tenía señal y uno de Claro que casi nunca tenía señal.

- Es conveniente programar el Waze en el hotel, restaurante o lugar que tenga wifi porque posiblemente se pierda en el camino (a veces a los pocos metros de haber salido en las montañas)

- En la mayoría de los restaurantes el 10% de propina ya viene incluida.

- Todo es bastante caro por lo que es conveniente elegir bien las actividades

- Ir a las aguas termales

- Ir a Rio Celeste

- Ir a Monteverde pero quedarse una noche ahí

- El agua es rica y potable: en los restaurantes pedir agua regular o de la casa

- Llevar protector solar y off porque en algunas zonas había mosquitos

- En todos los hoteles nos cobraron un resort fee que incluía internet, servicio de playa, 1 hora de kayak y 1de paddle board, lo uses o no. Nosotros nos avivamos a la salida del primer hotel.

- La gente es super amable y te ayudan en todo lo que necesites

- Llevar zapatillas para los parques, y de goma cerradas para rafting porque algunas compañias las piden y si no te obligan a comprar las que tienen

- Llevar protector solar y un impermeable o paraguas

 

Ranking de playas recorridas

  1. Playa bonita

  2. Conchal

  3. Espadilla sur

  4. Espadilla norte

  5. Flamingo

  6. Playa Hermosa

 

 

www.conozcasucanton.com

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W Playa Conchal

El mangroove papagayo 

The spring resort arenal

The elephant castle

Sky adventure park

Morpho beach bar

 

https://artvillas.com

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